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Javier Cervantes
PectoralNudos
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Semblanza

En "Ceremonias cerámicas", Javier Cervantes ejerce una suerte de invocación, crea un espacio rico en formas y simbologías, funde en la arcilla los fantasmas que lo asedian, le da forma en sus sombras, materializa torres por las que busca ascender al divino, rescata de los escombros las representaciones totémicas, presencia sacrificios, denuesta el belicismo finisecular de los fundamentalismos redivivos, construye ofrendas para apaciguar la ira sagrada, da cauce a la aguas que simbolizan la totalidad de las virtualidades y de todas las posibilidades de existencia, y, en medio de ese panteón universal, puede escucharse la marcha infinita del tiempo.

Desde la exposición con que se inaugura como creador (Sacrificios), Cervantes ha presentido la inmolación, el golpe asestado salvajemente sobre la benevolencia de su física fragilidad, la verdad que escinde las tinieblas de su propio ser atormentado. La distancia que lo separa de la beligerancia del gladiador, él la siembra de herméticas aljabas que aprisionan los pertrechos de batalla, abjura de las nuevas guerras santas que se multiplican por todos los rumbos del planeta, imagina el dolor que produce el agrietamiento de las conciencias en este nuevo ciclo de la obscuridad. Tal vez por eso, en el sacrificio humano quiere ser un simple espectador: ni oficiante que extrae el corazón de la víctima, ni la ofrenda humana que ceba el ídolo atrabiliario.

Sobre la tierra erige multiformes tótems que simbolizan la ingenua percepción de los fenómenos naturales, hijos del azar al que Borges definió como “nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”; también levanta su torre de Babel como artificio para ascender y percibir el infinito universo.

Álvaro Belin